Andando, andando el otro día me sorprendió gratamente descubrir que en Zaragoza existe un barrio dedicado al cine y, por extensión, a los cinéfilos: se trata de Valdespartera.
Así pues, una no puede sino sonreír al localizar la dirección de la Calle de Bailando bajo la lluvia, la del Mago de Oz, La quimera del oro, Al este del edén, Un americano en París y la fundamental Ciudadano Kane, entre otras muchas de igual categoría.
Pero la cosa no queda ahí, en esos clásicos «de toda la vida», porque también encontramos las calles de La lista de Schindler, Belle Epoque o Todo sobre mi madre, y es que el buen cine no entiende de generaciones, sino de calidad y entretenimiento, y Zaragoza con esta iniciativa, ha demostrado su apego a la cultura y al buen cine, además de tener una elevada dosis de imaginación y optimismo que puede alegrar un día cualquiera a una cinéfila cualquiera en una demasiado breve visita a la antigua Caesaraugusta.
Microrrelatos para trayectos cortos en los que se garabatean los pensamientos, ideas y descripciones que rondan por una cabeza cualquiera.
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lunes, 5 de marzo de 2012
viernes, 29 de enero de 2010
Añoranza
En un intento de recuperar aquellas lejanas y dulces sesiones de cine a altas horas de la madrugada, intento devorar alguno de los clásicos, cola y palomitas en mano, a eso de las 12 de la noche.
Con ilusión colegial, quito el celofán que precinta la película, comprada para la ocasión para dar un cierto aire ritual al momento. La introduzco en el aparato correspondiente, apago las luces y me acomodo en el sofá con la mayor sonrisa jamás vista por un televisor antiguo.
Acción.
Bogart me adentra en su bar, por allá aparece Ingrid Bergman, y la canción, esa canción...
Son las 3 de la mañana.
Las palomitas están esparcidas por el suelo, el vaso está lleno hasta arriba de cola sin gas y el viejo televisor me deslumbra con su mirada azul cian, acusador.
Me he dormido con una de las películas míticas del cine.
Estoy acabada. Una persona acabada... que lamentablemente se alimenta de sueño reparador y no de ilusión cinéfila.
Qué vergüenza... espero que nadie se entere.
Con ilusión colegial, quito el celofán que precinta la película, comprada para la ocasión para dar un cierto aire ritual al momento. La introduzco en el aparato correspondiente, apago las luces y me acomodo en el sofá con la mayor sonrisa jamás vista por un televisor antiguo.
Acción.
Bogart me adentra en su bar, por allá aparece Ingrid Bergman, y la canción, esa canción...
Son las 3 de la mañana.
Las palomitas están esparcidas por el suelo, el vaso está lleno hasta arriba de cola sin gas y el viejo televisor me deslumbra con su mirada azul cian, acusador.
Me he dormido con una de las películas míticas del cine.
Estoy acabada. Una persona acabada... que lamentablemente se alimenta de sueño reparador y no de ilusión cinéfila.
Qué vergüenza... espero que nadie se entere.
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