Te metes en la cama, te tapas, te acurrucas un poco y te duermes. Al poco rato es cuando empiezas a soñar, sueñas que caminas, que saltas, que te elevas, y el sueño es cada vez más eufórico hasta que despiertas, rendida y feliz porque sabes que moviéndote es cuando se alcanzan algunos de los sueños.
Microrrelatos para trayectos cortos en los que se garabatean los pensamientos, ideas y descripciones que rondan por una cabeza cualquiera.
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miércoles, 12 de diciembre de 2012
lunes, 5 de noviembre de 2012
Una de piratas
A sus diez años poco
imaginaba que a los treinta llevaría una prosaica vida de lavadoras y pucheros,
de impresoras desobedientes y teléfonos atronadores. Y es que ella, a los diez
años se soñaba como una preciosa y valiente mujer, a bordo de un reluciente
galeón pirata y de la mano de un siempre risueño y aventurero Burt Lancaster
cualquiera.
"Cómo se han ido transformando los sueños…", se dijo. Pero entonces oyó un leve sonido que la hizo volverse repentinamente, espátula en mano. El infame Pelo Pincho se acercaba para atacarle nada menos que con un ariete. Con un rápido movimiento de cintura lo consiguió reducir no sin magullarse con las uñas del perro faldero que se había vendido como ariete por un miserable trozo de queso. “Estáis acabados, piratas”, les dijo, “por haberme atacado, merecéis un castigo ejemplar: vais a limpiar la cubierta”. “Halaaaa, mamáááá, cómo te pasas. No hay derecho, así no juego más. Vámonos, Toby”.
Ella suspiró entre aliviada por el descanso que ello supondría a la par que entristecida por haberse disuelto la sonrisa de su pequeño Burt Lancaster.
"Cómo se han ido transformando los sueños…", se dijo. Pero entonces oyó un leve sonido que la hizo volverse repentinamente, espátula en mano. El infame Pelo Pincho se acercaba para atacarle nada menos que con un ariete. Con un rápido movimiento de cintura lo consiguió reducir no sin magullarse con las uñas del perro faldero que se había vendido como ariete por un miserable trozo de queso. “Estáis acabados, piratas”, les dijo, “por haberme atacado, merecéis un castigo ejemplar: vais a limpiar la cubierta”. “Halaaaa, mamáááá, cómo te pasas. No hay derecho, así no juego más. Vámonos, Toby”.
Ella suspiró entre aliviada por el descanso que ello supondría a la par que entristecida por haberse disuelto la sonrisa de su pequeño Burt Lancaster.
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